“Diario de mi viaje a un país que no tiene sentido”

Leer el realismo mágico de García Márquez es una cosa. Experimentarlo en la vida real es algo muy distinto. Los personajes y los lugares descritos en Cien Años de Soledad no son una simple ficción creada por el genio colombiano, sino un retrato de la esencia Latinoamericana. Mucho de lo que pasa en mi región se puede entender leyendo la historia de Macondo. Eso es lo que finalmente he aceptado luego de un mes de vuelta en mi hogar, Venezuela. 

Te baña una lluvia de contrastes desde el momento en que llegas. Aterrizar en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar te obliga a presenciar como se alternan las aguas tropicales y las playas arenosas del Caribe con las barriadas que se aferran a las colinas y se apiñan unas encima de otras entre la montaña y la costa. Si llegas en la madrugada, como me tocó a mí, el enjambre de pequeñas luces parece un Nacimiento como los que mi abuela hacía en Navidad para decorar la ventana de su casa. 

Poner los pies en tu tierra es algo emocionante para los que echamos raíces en donde crecimos. Le entrego mi pasaporte a una oficial de inmigración y miro alrededor, fotografiando cada momento de mi llegada con los ojos. La Oficial sella mi pasaporte y me dice, con la sonrisa cansada de alguien que lleva toda la noche trabajando: “Bienvenido a casa, Daniel”. No se si lo diga en serio, tal vez ella piensa que debí haberme quedado en el extranjero. Este lugar no se parece en prácticamente nada al país en el que yo crecí. Lo que sigo tratando de descubrir es si mi hogar mutó y se transformó en algo que no reconozco, o si esto es lo que siempre habíamos sido, pero yo simplemente no me daba cuenta. En todo caso, no me siento como que he llegado a casa, incluso cuando el nombre de la Nación en mi pasaporte es el mismo del país en el que acabo de aterrizar. 

“A diary of my journey to a country that makes no sense”

Reading the “Magical Realism” of García Márquez is one thing. Experiencing it in real life is something very different. The characters and places described in “A Hundred Years Of Solitude” aren’t simply a fiction created by the Colombian genius, but a portrait of the Latin American essence. Much of what happens in my region can be understood by reading the story of Macondo. That’s what I’ve finally accepted after a month back in my home country, Venezuela. 

You’re drowned by a shower of contrasts from the moment you arrive. Landing at Simón Bolívar International Airport forces you to witness how the tropical waters and sandy beaches of the Caribbean overlap with the slums that cling to the hills and stack atop each other in between the mountains and the coast. If you arrive in the early morning, like I did, the hive of small lights looked like a miniature version of Bethlehem that my grandmother used to put up at Christmas to decorate the entrance of her house. 

Stepping foot on your homeland is something very emotional for those of us who’ve grown roots where we grew up. I give my passport to the customs officer and I look around, photographing every moment of my arrival with my eyes. The Officer stamps my passport and tells me, with the tired smile of someone who’s been working all night: “Welcome home, Daniel”. I don’t know if she means it though, maybe she thinks I should’ve stayed abroad. This place doesn’t look like the country where I grew up in any way. What I’m still trying to figure out is if my home mutated and transformed into something I don’t recognize, or if this is what we have always been, just that I couldn’t see it before. In any case, I don’t fully feel that I’m back, even when the name of the Nation on my passport is the same as the country where I just landed. 

En la calle, el contraste sigue. A esa hora la entrada del aeropuerto está prácticamente vacía, pero puedo ver una camioneta blindada de último modelo junto a un indigente recostado contra la pared, y a un soldado de fuerzas especiales, con un pasamontañas oscuro y un fusil de asalto atado al pecho, junto a un cartel con la imagen del “Comandante” y la promesa solemne: “¡Somos un Pueblo de Paz!”. Mi madre me vino a buscar al aeropuerto, y nos vamos en su carro. 

A medida que sale el sol, la belleza de este lugar empieza a revelar sus colores. Bandadas de guacamayas surcan los cielos y planean paralelas al Ávila, esa montaña llena de vegetación y vida que separa al Mar Caribe de la Capital. La brisa cálida que sopla desde el mar me acaricia el pelo, un recordatorio cariñoso de que estoy de vuelta en el trópico. “Todos vuelven”, una salsa de Rubén Blades que está sonando en la radio, me hace pensar en todas las personas que dejé atrás cuando me fui, y en el hecho de que todos volvemos a casa eventualmente, aunque sea en nuestros sueños. 

Entrar a Caracas también es muy especial. Después de un rato manejando por una autopista que entrecruza los valles montañosos y un túnel largo, salimos de las entrañas de la montaña y la ciudad se expande en el horizonte. La metrópolis crece a nuestros pies cuando manejamos por esa entrada. 

Pero a medida que nos adentramos en la urbe, el mirage se desvanece y la realidad toma forma: Es un día de trabajo, pero las calles están vacías. Muchísimas personas se han ido, y el vacío que dejan atrás produce un silencio ensordecedor. Me da la sensación de haber llegado a una ciudad fantasma, a un Pripyat tropical. Las grandes autopistas, gigantescos centros comerciales y distritos financieros llenos de restaurantes sirven como recordatorio de que Caracas no es sino una sombra, el esqueleto vacío de lo que solía ser. Veo a muchísima gente en las calles reventando bolsas de basura para conseguir algo de comer. El crimen ha bajado un poco, pero al costo de grupos de exterminio policiales que asaltan barrios, derriban las puertas de las casas y se llevan a cualquier hombre joven que consigan. Culpables o no, se los llevan al calabozo de la policía o -en demasiadas ocasiones- se los llevan a la tumba. Cuando llegamos a casa no hay agua, tampoco electricidad. Los servicios públicos -entre muchas otras cosas- colapsaron. Finalmente llego a mi cuarto y me acuesto en la cama. Me quedo tendido observando el techo y se me escapa una risa maniaca cuando recuerdo que solían llamar a esta ciudad “La Sucursal del Cielo”. 

Out in the street, the contrast continues. At that time, the entrance of the airport is virtually empty, but I can see a brand new armored truck next to a homeless man lying against the wall, and a special forces soldier, wearing a dark ski mask and an assault rifle attached on its chest, next to a sign with the image of the “Comandante” and the solemn promise: “We are a People of Peace!”. My mother came to pick me up at the airport and we leave in her car. 

As the sun comes out, the beauty of this place begins to reveal its colors. Flocks of macaws cross the skies and glide parallel to “El Ávila”, the mountain full of life and vegetation that separates the Caribbean from the Capital City. The warm breeze that comes from the sea blows in my hair, a gentle reminder that I’m back in the tropics. “Todos vuelven”, a salsa song by Rubén Blades playing on the radio, makes me think about all the people that I left behind me when I emigrated, and the fact that even if it’s in our dreams, we all eventually come back home. 

Entering Caracas is also very special. After a while driving on a highway through the hill valleys and a long tunnel, we exit the bowels of the mountain and the city expands in the horizon. The metropolis grows at our feet as we drive through that entrance. 

 

But as we dive into the city, the “mirage” fades out and reality takes shape: It’s a weekday but the streets are empty. Many people have left, and the void they leave behind produces a deafening silence. I feel like I just arrived in a ghost town, a “Tropical Pripyat”. The great highways, gigantic malls and financial districts full of restaurants serve as a reminder that Caracas is but a shadow, a skeleton of its former self. I see so many people opening garbage bags in the streets to find something to eat. Crime has decreased a little, but at the cost of police death squads that assault neighbourhoods, blow open the doors of people’s homes and snatch any young man they can find. Guilty or not, they take them to jail or they take them to their tombs. When we get home there’s no water nor electricity. Those two things -amongst many others- have collapsed. I finally get to my room and jump on my bed. I lay there looking at the ceiling and I laugh like a maniac when I remember that they used to call this city “The Branch Office of Heaven”. 

La política, que ya tiene una buena dosis de comedia trágica en esta parte del mundo, hace menos sentido que nunca. Venezuela tiene hoy dos presidentes de la República, dos Tribunales Supremos de Justicia, dos Fiscales Generales, dos Parlamentos Nacionales y dos Directivas de la Compañía Petrolera Nacional, cada uno tratando de pasarle por encima al otro. 

De un lado, la Dictadura. Sin plata, sin liderazgo carismático, sin respaldo popular. Pero aferrado al poder gracias a la Represión violenta de disidentes (agradecimientos especiales para el Gobierno Chino e Iraní por su continuo suministro de armamento, no hubiésemos podido hacer esto sin ustedes), el desarrollo de una policía secreta capaz de aterrorizar a la población (en particular gracias al aporte de los Cubanos y Rusos que nos ayudaron a perfeccionar técnicas de tortura física y psicológica. ¡No lograríamos quebrar el alma de los que piensan distinto sin su apoyo!) y una maquinaria de propaganda capaz de imponer su verdad fabricada y aquello de que “La Guerra es Paz” y “El Odio es Amor” (Gracias a… ¿Orwell?). 

Del otro lado, me encontré una oposición que tiene la responsabilidad de hacer que las cosas cambien en el país, pero no termina de alcanzarlo. Muchos partidos y facciones de la “Venezuela Democrática” están mas pendientes de sus ambiciones personales y sus posibilidades de llegar al poder que de agachar la cabeza humildemente y remar juntos en una misma dirección de Cambio. Al menos ahora tenemos un líder, un joven de 35 años que era otro Diputado más, trabajando duro desde su rol de liderazgo de nivel medio y esperando su turno al bate después de que los grandes líderes hayan tenido su chance, pero que ahora está en la boca de analistas y gobernantes alrededor del planeta tierra. 

La desigualdad social, esa condenada marca de nacimiento latinoamericana, es más pronunciada que nunca. En un país que -claramente- está sufriendo una Crisis Humanitaria Compleja (donde el venezolano promedio ha perdido 10 kilos de peso porque no tiene que comer y somos segundos en cifras de refugiados y desplazados solo después de Siria), también se pueden hallar familias comprando casas millonarias, volando en jets privados y fiestas de lujo con artistas famosos invitados. Algunas de estas familias eran de los “Grandes Apellidos” de antes que se han negado a mudarse a alguna ciudad cosmopolita como París o Nueva York. Muchas otras de estas familias han hecho millones en negocios corruptos con un régimen que se dice socialista, pero lleva puesto un Rolex, maneja una Hummer y cena en los mejores restaurantes de la ciudad. “Gauche Caviar” en su máxima expresión. 

Politics, which already has its fair amount of comedic tragedy in this part of the world, makes less sense than ever. Today, Venezuela has two Presidents, two Supreme Courts, two Attorney Generals, two Parliaments and two Boards of the national oil company, each one trying to overcome the other. 

On one side, there’s the Dictatorship. Without any money, charismatic leadership or support from the people left. But clinging to power thanks to the violent repression of dissidents (special thanks to the Chinese and Iranian governments for your continued supply of weapons and vehicles, we couldn’t do this without you guys), the development of a secret police capable of terrorizing the people (in particular thanks to the effort of the Cubans and the Russians who have helped us perfect our techniques of physical and psychological torture. We couldn’t break the souls of those who think differently without your help!) and a propaganda machine capable of imposing its own version of the “truth” and the whole “War is Peace” and “Hate is Love” thing (thanks to…Orwell?). 

On the other side, I found an opposition that has the responsibility of making things change in the country, but fails to deliver. Many parties and factions of the “Democratic Venezuela” are more interested in their personal ambitions and their possibilities of reaching power than about kneeling their heads down and rowing in the same direction, one of change. At least now we have a leader, a 35-year old guy who used to be just another Congressman, working hard as a mid-level leader and waiting for his turn at bat after the great figures have had their chance. But now he’s the guy that analysts and heads of state around the globe are talking about. 

 

Social inequality, that damned Latin American birthmark, is greater than ever. In a country -clearly- going through a Complex Humanitarian Crisis (where the average Venezuelan has lost 10 kilos of weight because he can’t eat and where we’re second only to Syria in terms of refugees and displaced people), you can also find families buying million-dollar houses, flying private jets and luxury parties with famous artists. Some of those families belonged to the country’s “Old Money”, and have refused to move out to some cosmopolitan city like Paris or New York. Many others of those families have made a killing in corrupt business with a regime that claims to be Socialist but wears Rolex, drives a Hummer and dines in the most expensive restaurants in the city. “Gauche Caviar” at its finest. 

Es normal que más de una vez llegara a casa a servirme un trago de ron. No para pasar un buen rato, sino para digerir lo que veía en la calle. Pero allí donde encontré caos, también encontré sentido de propósito. Me encontré con gente joven que se niega a perder su identidad, rendir su futuro y olvidar sus ideales. Gente joven que organiza “Zaperocos”, prepara sancochos para quienes no tienen que comer, estudian duro y se meten en política porque “si no lo hacemos nosotros, ¿Entonces quién?”. Gente joven que aspira, sueña y se levanta. Gente joven que está convencida de que los países no mueren, sencillamente cambian de piel.

I think it’s normal that more than once I came back home to pour myself a glass of rum. Not to have a good time but to help me digest what I would see in the streets. But where I saw chaos, I also saw a sense of purpose. I found young people who refuse to lose their identity, forget their values and surrender their future. Young people who organize events to have a living, cook food for those who don’t have anything to eat, study hard and get into politics because “if not us, then who will do it?”. Young people who aspire, dream and rise up. Young people who are convinced that countries don’t die, they just change skins.

Daniel Santos Ramirez

Author Daniel Santos Ramirez

More posts by Daniel Santos Ramirez

Leave a Reply